martes, 1 de septiembre de 2015

Mario Mendoza y su experiencia en PARA LEER EN LIBERTAD


Estábamos ese año varios escritores de distintos países invitados a la feria del libro del Zócalo, en México DF. Una mañana cualquiera, en pleno evento, el sindicato de trabajadores del sector eléctrico anunció que se tomaría la plaza al día siguiente, en pleno corazón de la ciudad. Los organizadores de la feria, encabezados principalmente por Paloma Sáiz Tejero y el escritor Paco Ignacio Taibo II, nos anunciaron que la feria se iba a solidarizar con los trabajadores y que los que quisiéramos marchar debíamos estar a la mañana siguiente frente al Palacio de Bellas Artes. Eso hice y me acerqué a sumarme al grupo de escritores que estaba comandado por Paco Taibo. A los pocos minutos, a lo lejos, vimos la multitud de trabajadores acercarse. Era una imagen impresionante, un torrente incontenible de gente que venía con sus pancartas en alto. La policía escoltaba la marcha y arriba varios helicópteros de la fuerza pública sobrevolaban nerviosos las calles aledañas.

De repente, uno de los cabecillas de los trabajadores pegó un grito con un entusiasmo desbordante:

- ¡Es Paco Taibo, ahí está!  
      (minuto 2:10)


Poco a poco se fueron acercando mujeres y hombres, y saludaban al escritor, le estrechaban la mano, le daban las gracias por haber ido a su localidad, a su fábrica, a su sindicato, a su casa de la cultura. Se me hizo un nudo en la garganta. En ningún lugar del mundo había visto yo algo parecido. Me pareció conmovedor el cariño de la gente expresado así, con tanta honestidad. Por lo general, los artistas construyen élite, y si alcanzan cierto reconocimiento se van sumando a las huestes de las clases dirigentes. Incluso buscan puestos, pertenecer al servicio diplomático, dirigir alguna institución. Lo que llaman en nuestro continente “estar bien relacionado”.

Este era el camino contrario: la calle, la plaza pública, el barrio, la gente. Me di cuenta enseguida de que estaba recibiendo no sólo una tremenda lección, sino que el destino, milagrosamente, me mostraba un camino posible para mí, que siempre he recelado tanto de la “gente bien”.

Un tiempo después, la escritora Laura Restrepo, en una conversación que tuvimos en los camerinos antes de salir juntos a un evento, me contó la anécdota de un niño que, en un colegio de Medellín, la había perseguido por todas partes, la vigilaba, se le acercaba y la rozaba con los ojos muy abiertos. Hasta que Laura, intrigada, le preguntó:

- Dime, ¿te pasa algo? ¿Te puedo ayudar?

- ¿Usted es la escritora? –preguntó él sin salir de su asombro.

- Sí –respondió Laura afectuosamente.

Y entonces el niño soltó esa frase que ella jamás olvidaría:

- Es que yo creí que todos los escritores estaban muertos.

Claro, los escritores están casi siempre tan lejos de la gente que da la impresión de que son inalcanzables, que viven en otro mundo o que están muertos. Esa frase me confirmó la enorme distancia que hay entre un escritor reconocido y la gente del común.

Desde entonces he procurado trabajar incansablemente en colegios, casas de la cultura e instituciones de toda índole promocionando la lectura. A veces hablo de mi obra, a veces hablo de los libros de otros. En ocasiones, cuando hay presupuesto y los organizadores cobran, yo también lo hago y procuro dejar en claro que por el hecho de ser un escritor no significa que deba trabajar gratis o regalar mi profesión. Pero también, en infinidad de invitaciones, lo he hecho por el simple gusto de hablar de literatura y compartir con los lectores. 


Visito muchos colegios a lo largo de toda la ciudad porque creo plenamente en que es en los primeros años cuando un libro o una charla reveladora puede modificarnos internamente de manera muy positiva. Yo jamás escuché a un escritor cuando era estudiante. Y quizás me hubiera encantado conocer más de esa profesión a la cual me dirigía en silencio, sin hablar con nadie, como si se tratara de un camino vergonzoso que era mejor mantener oculto.

Ahora, siempre están los maledicentes e inoficiosos (ese grupo nunca hace nada positivo pero están permanentemente atentos para descalificar y ensuciar lo que hacen los otros) que calumnian de la peor manera diciendo que se trata de marketing y de una estrategia de mercachifles para intentar convertir al escritor en un best seller. Ni modo, siempre será así: mientras unos construyen, otros destruyen.

Lo importante es que ese grupo de mexicanos, al poco tiempo, abrieron la Brigada Para Leer en Libertad, y que han dado un ejemplo monumental de cómo se hace trabajo de base a partir de un derecho fundamental: derecho a la lectura y la escritura, derecho al lenguaje, pues sin ese derecho no hay tampoco el derecho a la libre expresión, que es una de las bases inamovibles de la democracia participativa. Alguna vez hicieron una feria del libro en Azcapotzalco, un barrio marginal del DF, y me invitaron. Fue de nuevo estremecedor ver un trabajo tan serio y comprometido con la comunidad. Casetas de libros en un parque, eventos, charlas gratis, escritores que íbamos y veníamos entre el público.


Yo sueño con ferias del libro en Usme, en Soacha, en Altos de Cazucá, en Las Cruces, en Chía, en Usaquén, y con una ciudad que poco a poco se emancipa de las cadenas que le han impuesto sus alcaldes locales, sus senadores, sus representantes a la cámara, sus ediles. No sé aún cómo se puede lograr algo así, pero hacia allá me dirijo de manera inevitable, con una fe absurda en lo imposible.