domingo, 1 de noviembre de 2015

Una burbuja de oxígeno / Andrés Ruiz


En el tráfago alucinante que se ha vuelto la vida en nuestro país, con la violencia, la impunidad, la injusticia y la desigualdad campeando a sus anchas con una normalidad que exige su derecho de naturalización para convertirse en la nefasta neblina que nos envuelve, la Feria Internacional del Libro del Zócalo devino oasis, burbuja de oxígeno, barniz indispensable de optimismo.

El último fin de semana del encuentro editorial hizo frío, hubo lluvia y sopló viento, así que al salir del Metro al Zócalo pensé encontrar un paisaje de carpas semivacías con dependientes al borde del aburrimiento y templándose con una taza de café. Lo que vi resultó abrumador.


Una multitud entraba y salía de infinidad de carpas de todos tamaños. La gente curioseaba, se ponía al día en cuanto a novedades, buscaba títulos o autores específicos, cotejaba precios y ediciones. Algunos abrían paraguas para deambular, otros sólo cruzaban de un puesto a otro bajo la lluvia, más atentos al aguacero editorial que inundaba las mesas que a la llovizna helada.


Ver tanta gente ávida convocada, invocada, por los libros, fue algo feliz y apabullante. Lo mismo niños que ancianos en sillas de ruedas se paseaban entre volúmenes insospechados, como si anduvieran por casa. Pero si esto era en sí una alegría, otro aspecto resultó demoledor.


Porque la feria, además, reúne a autores, especialistas, críticos o testimoniantes para redondear la experiencia cultural. Diversos foros organizan presentaciones de libros, lectura de textos, conversaciones públicas, debates, mesas redondas, en fin, sinnúmero de actividades que se arman en torno a la lectura, a su aliento, a su extensión.



Entre estos foros destaca, por méritos sobresalientes, el que alienta la Brigada para Leer en Libertad. Paco Taibo, Paloma Sáiz y Beatriz Sánchez a la cabeza, la han convertido en un hito a escala internacional, pero ya regresaremos a este tema en otra ocasión. Lo que ahora me ocupa es el foro que llevó por nombre Eduardo Galeano, ahí fue evidente que la capacidad de convocatoria de la brigada se incrementa cada día más; sin boato ni relumbrón reúne a una multitud variopinta que cruza diagonalmente clases, educaciones formales y formaciones culturales.

Este experimento callejero se ha convertido en una suerte de universidad popular, en un aula de unos 500 asientos que casi invariablemente resultan insuficientes para albergar al público que ahí se agolpa, así que en un sitio de 20 por 30 metros –aunque este año, incomprensiblemente, fue reducido– es común ver a cientos de personas que aun de pie atienden lo mismo a una lectura de poesía, una mesa redonda sobre el sismo de 1985, una discusión sobre el periodismo narrativo de nuestros días, un debate sobre la vigencia del pensamiento marxista, una desternillante plática entre caricaturistas, un diálogo entre Almudena Grandes y Elena Poniatowska o una emocionante charla de Paco Taibo con Guillermo del Toro, a través de un ciberenlace a Nueva York, donde ahora filma este director y productor emblemático.

Por ahí también pasaron Álvaro García Linera, intelectual de hondura que ahora se desempeña como vicepresidente de Bolivia; el escritor venezolano Luis Britto, ganador del Premio Casa de las Américas; los analistas Héctor Díaz Polanco y Armando Bartra; los escritores Gisbert Haefs, de Alemania, el colombiano Nahum Montt, el italiano Bruno Arpaia y el poeta español Luis García Montero, es decir, una muestra de que la calidad de las discusiones no tuvo desperdicio.

Un lujo haber estado ahí, ver a esa multitud entusiasmada en medio de libros, presenciar con azoro la atención con que la gente seguía las discusiones en plena plaza pública, constatar, una vez más, que, sin duda, el aprendizaje está donde menos se espera y que las lecciones más hondas se encuentran en lo colectivo.

Andrés Ruíz 
21 Octubre

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