martes, 18 de octubre de 2016

LA JUNGLA de Upton Sinclair


Ni remotamente Frank Warren imaginó que su orden al reportero Upton Sinclair de investigar una huelga y la preparación de cárnicos en Chicago fuera a convertirse en un verdadero tsunami.

Y no es que el editor del periódico Appeal to Reason (Llamado a la razón) ignorara la capacidad y el olfato de su periodista, por algo le encargó a Sinclair, entonces de 27 años, una indagatoria que se extendería a 36 entregas que abarcarían casi la totalidad del año de 1905.

La mirada del reportero fue un auténtico bisturí que develó no sólo las atroces condiciones de semiesclavitud de miles de trabajadores en los mataderos de Chicago, sino las nulas condiciones de higiene de los productos que ahí se elaboraban.

Fueron tan gigantescas las olas de indignación que levantó ese reportaje, que incluso el presidente Theodore Roosevelt recibió a Sinclair en la Casa Blanca, sin ningún entusiasmo, porque su animadversión a las ideas socialistas del autor de la serie eran de suyo conocidas, para asegurarle que el gobierno tomaría el asunto en sus manos y poco después se promulgó la llamada Pure Food Legislation, para regular la producción de alimentos, y se crearon instancias federales para supervisar las prácticas de los mataderos.

Tiempo después, Upton Sinclair convertiría ese reportaje en una novela que estaba llamada a convertirse en un verdadero fenómeno editorial, además de un hito entre las denuncias destacadas de la injusticia social, tanto fue así que en 1906 el gran Jack London escribió que “La Jungla puede ser para los esclavos asalariados de hoy lo que La cabaña del tío Tom hizo por los esclavos negros del siglo pasado”.


El proceso editorial de La jungla es, en sí mismo, otra novela, como bien relata José Ramón Calvo Irurita en el prólogo del volumen que hoy presentamos, una serie de vicisitudes, de cambios, de adaptaciones, de cortes y procesos de edición que tuvieron tantas versiones que acabaron desalentando la sucesiva publicación de este libro tan injustamente olvidado y que la Brigada para leer en libertad rescata hoy en un acto de auténtica justicia poética.

Este reportaje, crónica, novela, arenga y llamado a la acción seguirá conmoviendo a los lectores de hoy día, porque describe, de manera nítida, el proceso descarnado de acumulación de capital; la etapa de industrialización a todo tren y sin tapujos de Estados Unidos; el maltrato, la discriminación y la explotación inicua de los migrantes, y la formación de una conciencia proletaria entre las masas campesinas que llegaban por oleadas de Europa en busca del siempre quimérico sueño americano.

Sinclair conduce su relato a partir de la historia de una familia de emigrados de Lituania, cuya cabeza, Jurgis, nos conduce por esta suerte de Divina comedia de la consolidación del capitalismo, porque, en efecto, aquí ciertamente hay un infierno tan minuciosamente descrito que el horror no le es ajeno; un purgatorio de vicios donde sucumbe la mayoría de los trabajadores derrengados por el agotamiento físico y la derrota moral, y un paraíso representado por la adquisición de una conciencia clase capaz de transformar la vida misma.

Jurgis no es un héroe sin más, no transita por la épica y su vida no enaltece los valores de un dirigente proletario, Upton Sinclair nos lleva por otro camino, mucho más complejo y por ello más cercano a la vida, no por nada tocó las conciencias de cientos de miles de lectores, el autor nos conduce por los meandros de la condición humana, del vicio, de la corrupción, de la degradación, de la traición y la cuchillada trapera a los suyos, hasta hacer emerger del lodo a un hombre que al haber visto prácticamente completa  la cara de la abyección se eleva desde el cieno hasta la solidaridad con los suyos.

Debo decirles que había escrito varias cuartillas para intentar describirles la calidad de este escritor de brillantez inaudita, pero me detuve al pensar que en realidad el lector mexicano común de estos días no tiene, desafortunadamente, un referente preciso de la literatura de Sinclair, así que después de pensarlo unos días, tiré lo escrito y decidí que lo mejor para enamorarlos con este libro sería leer al propio Upton y dejar que su escritura los sorprenda y encandile.

Y es que hay que decir que el tamaño de esta denuncia palidecería y se volvería ineficaz si no hubiera sido acompañada de una espléndida pluma.

Por ejemplo, escuchen esta pronta desilusión de Jurgis y su familia que Sinclair condensa de manera brillante:

“Algunos días de experiencia práctica les habían bastado para comprender claramente que este país de salarios elevados era también el de los precios caros, y que el pobre era en él tan pobre como en cualquier otra parte del mundo. ¡En una noche se desvanecían todos los sueños de riqueza que habían cruzado por la imaginación de Jurgis! Lo que hacía aún más penoso el descubrimiento era que se veían en camino de gastar, con arreglo a los precios de América, el dinero que habían ganado con arreglo al salario de su país. ¡Así pues, se les robaba! Llevaban ya dos días en que casi se dejaban morir de hambre; tanto dolor les causaba pagar lo que les pedían por su alimentación.”

También la descripción minuciosa de varios procesos en los mataderos que marcan un contrapunto entre frases brillantes y poéticas para introducirnos a la crueldad desatada del exteminio, del holocausto animal, como en los siguiente pasajes:

“El guía continuó diciendo que había unos cuatrocientos kilómetros de vía férrea dentro del recinto de los Stock-Yards. Cada día los trenes conducían sobre diez mil reses, otros tantos cerdos y cerca de la mitad de cabezas lanares, es decir, de ocho a diez millones de seres vivientes sacrificados y transformados en alimento para el hombre anualmente.


“A poco que el observador fuera fijándose, podría notar cierto movimiento lento pero constante de toda aquella masa, y advertir el sentido y dirección de la marea hacia los mataderos. En efecto, el ganado iba siendo conducido por grupos desde los cercados a unas salidas que comunicaban con unos caminos de quince pies de anchura y que, en plano inclinado, van elevándose sobre el nivel de los cercados. Por estos caminos la corriente de animales era siempre continua, y era cruel ver a los pobres seres marchar, apretándose unos contra otros, hacia su fin, completamente inconscientes de la suerte que les aguardaba. Aquello era un verdadero río de muerte.”

O la parte porcina del proceso:

“No se podía contemplar largo tiempo esta escena sin sentirse inclinado a filosofar, sin empezar a encontrar símbolos y semejanzas, sin oír el alarido universal de toda la especie porcina. ¿Era posible creer que en ninguna parte de la tierra, o más allá de la tierra, no haya un paraíso para los puercos, donde vean recompensados todos sus sufrimientos? Cada uno de estos pobres animales era una criatura completa, un ser sensible. Los había blancos, negros, pardos y manchados; unos eran viejos, otros jóvenes; unos grandes y delgados, y otros cuales monstruos por lo gordos. Y todos y cada uno tenían una individualidad, una voluntad y esperanzas y deseos; cada uno de ellos estaba en la plenitud de la confianza en sí mismo, de su importancia y de su dignidad. Confiados y tranquilos seguían su camino e iban cumpliendo su misión, en tanto que una sombra negra los amenazaba y un destino horrible les aguardaba al paso.

“De repente, aquella sombra se lanzaba sobre ellos y los amarraba; inexorable, implacable, sorda a sus alaridos y protestas, ejercía sobre ellos su cruel voluntad, como si los deseos, los sentimientos de aquellos seres no existiesen en absoluto. Y los degollaba y contemplaba inalterable mientras de ellos se escapaba la vida. Ahora bien, ¿habría alguien que no creyera en la existencia de algún dios de los cerdos para quien la personalidad de estos animales sea preciosa y para quien sus gritos de agonía tengan significado? ¿Quién tomará a este ser sensible en sus brazos, le consolará y le recompensará por su misión bien cumplida y le mostrará el significado de su sacrificio?
Acaso nuestro Jurgis en su humilde espíritu tuvo algún vago vislumbre de todo esto cuando, al volverse para marchar de allí con el resto de sus amigos, exclamó:
—¡Diewes! ¡Cuánto me alegro de no ser cerdo!”

O acaso también el descubrimiento de las trampas y mezquindades humanas:

“Por esta razón, el establecimiento era de arriba abajo como una inmensa caldera donde hervían odios, celos y desconfianzas. Allí nohabía ni lealtad ni respeto humano; allí los hombres no representaban nada aparte de los dólares. Lo peor de todo era que, así como no había decencia, tampoco  erxistía la honradez. ¿Cuál sería la razón de todo esto? Nadie acertaba a decirlo. Acaso proviniera del viejoAnderson en un principio; era una herencia que había dejado a su hijo al mismo tiempo que sus millones. Nunca hubo en todo Chicago un hombre tan ruin como el viejo Anderson; ese hombre hecho a sí mismo. Desde su fallecimiento, la empresa había dejado atrás la costumbre de pagar dos dólares menos por cada cuarenta, pero seguían haciendo cosas que les llevarían directos a la cárcel, si no fuera porque podían permitirse el lujo de tener a los jueces en nómina. Qué cosas eran esas? Tamoszius aseguró a Jurgis que él mismo lo descubriría si permanecía en la casa el tiempo suficiente. Los obreros manuales eran los que tenían que ejecutar, al fin y al cabo, todas las trampas sucias y todos los engaños. Con ellos, pues, no valían argucias. Acostumbrados ellos mismos a aquella atmósfera, concluían por obrar, en su esfera, como todos los demás. Jurgis había llegado allí con la idea de hacerse útil, de elevarse poco a poco en su grado y llegar a ser un obrero especializado. No tardaría mucho en salir de su error: nadie asciende en Packingtown por hacer bien su trabajo. Allí, por el contrario, podía sentarse como regla general que cuando un hombre va ascendiendo de categoría era porque se trataba de un canalla. El hombre que había hablado al padre de Jurgis, enviado indudablemente por un capataz, ascendería; el obrero que espía y denuncia a sus camaradas, asciende; pero el que no piensa más que en su propio trabajo y en hacer bien su labor, a ése se le «mete caña» hasta agotarlo, y entonces, cuando ya no sirve para nada, se le tira a la alcantarilla.”

Más adelante agrega:

“Ya había comprendido cómo funcionaban las cosas que le rodeaban: las leyes de la jungla. En realidad, la vida no era sino una lucha de cada uno contra todos, en la que el diablo se lleva a los vencidos. Era una guerra a muerte, librada sin respiro y la única salvación estaba en permanecer muy atento, preparado para pelear o salir huyendo. Era mejor viajar a oscuras, atacar desde la sombras y, si la víctima resultaba muerta, no había que pararse en lamentos: el que cae tampoco pide compasión, se arrastra hacia su agujero para morir allí y punto. En otras palabras, se trata de meter dinero en la cartera. No se debía agasajar a la gente, sino esperar que la gente le agasajara a uno. Hay que andar por el mundo con el alma llena de sospechas y de odios; si alguien le habla a uno de amistad y confianza, ya se sabe lo que realmente quiere. Uno debe estar convencido de que siempre se halla rodeado de poderes hostiles que conspiran continuamente contra nuestro dinero y que se valen de la máscara de las virtudes para ocultar sus lazos y sus trampas. Los escaparates de las tiendas están llenos de toda clase de mentiras para atraernos; las bardas en los caminos, los postes telegráficos, los faroles y las esquinas de las calles, todo está cubierto de carteles llenos de embustes. La gran compañía que nos emplea nos miente y miente al país entero. Todo de arriba abajo no es sino una inmensa patraña. El país entero es una mentira: una mentira su libertad, una trampa para los trabajadores pobres; su prosperidad no era sino una falacia creada por los empresarios ricos; su justicia, una falacia creada por políticos corruptos. No importa a dónde vayas o con qué motivo –para comprar una casa, por ejemplo–, no debes escuchar toda la palabrería amable ni dejarte persuadir por la cortesía: uno debía ser amable y cortés, hasta donde fuera posible, pero tenía que tener muy claroque en ese preciso momento la persona que estaba delante era un ladrón y en todo momento había que estar preparado para montar en cólera y amenazarle.”

Los guiños culturales, por ejemplo en la referencia a Harriet Beecher Stow y su libro La cabaña del tío Tom y sus analogías sobre el esclavismo son claras:

“Hace algún tiempo, una mujer de gran corazón dio a conocer los sufrimientos de los esclavos negros y levantó a un continente en armas. Tenía varias cosas a su favor con las que no puede contar quien pretenda describir la vida del esclavo moderno: el esclavo de las fábricas, de los talleres, de las minas. El látigo con el que se le azota no se puede ver ni escuchar y la mayoría de la gente no cree que exista: es la hipocresía típica de la filantropía y de la convención política la que niega su existencia. A este esclavo no se le caza con perros, no lo matan a golpes malvados arquetípicos ni muere en el éxtasis de la fe religiosa. De hecho, su religión no es más que otra de las trampas que le tienden sus opresores y la más amarga de sus desdichas. Los perros que le acosan son la enfermedad y los accidentes y el villano que lo asesina no es sino el índice salarial. ¿Quién puede generar una emoción intensa en el lector narrando una cacería humana en la que la víctima es un extranjero piojoso e inculto y en la que los perros de caza son los gérmenes de la tuberculosis, la difteria y el tifus? ¿Quién es capaz de novelar la historia de un hombre cuya única peripecia vital reside en cortarse un dedo con un cuchillo de matarife infectado y cuyo desenlace consiste en una caja de pino y una tumba de pobre? Aunque morir de envenenamiento sanguíneo pueda ser tan doloroso como morir consecuencia de los golpes, la imagen de unos perros de caza desgarrando a alguien hasta la muerte sugiere un destino más clemente que aquel al que se enfrentan cada año miles de personas de Packingtown: ser presas de la más amarga pobreza, estar mal vestidos, vivir en una casa infecta, debilitados por el hambre, el frío y las inclemencias del tiempo, derribados por la enfermedad o los accidentes laborales… Después de esto, esperar que el flaco lobo del hambre se acerque arrastrándose para roerte el corazón y destruir los cuerpos y almas de tu mujer y tus hijos.”

Y, finalmente, el relámpago que en la más profunda oscuridad ilumina y descubre, desconcierta y sacude, como en este fragmento del discurso de un activista del Partido Socialista que arenga a sus compañeros y que estremece a Jurgis hasta la médula:

“¡A ustedes me dirijo, obreros! A los trabajadores que, habiendo alzado este país, carecen de voz en sus instituciones. A aquellos cuyo destino es sembrar para que otros cosechen, trabajar y obedecer sin recibir más recompensa que la destinada a las bestias de carga, ni otro alimento y cobijo que el que les permita subsistir hasta la próxima jornada.
“Es a ustedes a quienes acudo con mi mensaje de salvación, a ustedes a quienes apelo. sé que entre ustedes ha de haber un hombre a quien el dolor y el sufrimiento han arrojado a la desesperanza, un hombre al que algún fortuito espectáculo de horror o de injusticia ha despertado con una brusca sacudida. Para él, mis palabras tendrán el efecto del relámpago para el caminante que, avanzando en la oscuridad, ve iluminada la ruta y manifiestos sus peligros y obstáculos; de esa misma manera mis palabras resolverán sus problemas y arrojarán luz sobre sus dificultades. Y, caída la venda que le cubría los ojos,
libres sus miembros de los grilletes que los apresaban, ese hombre se alzará con un grito de gratitud y emprenderá la marcha, libre al fin. De él emergerá un hombre liberado de una esclavitud cuyas condiciones él mismo ha creado; un hombre que no volverá a caer
en la trampa; un hombre invulnerable a los elogios e inaccesible a las amenazas; un hombre que, a partir de esta noche, avanzará en lugar de retroceder, que se aplicará a estudiar para comprender, que empuñará su espada para incorporarse a las filas de sus camaradas y hermanos; un hombre que llevará a los demás, como yo se la he llevado a él, la buena nueva y, con ella, el don precioso de la libertad y la luz, que no es propiedad mía ni suya, sino patrimonio del alma humana. ¡Obreros, trabajadores, camaradas, abran los ojos y miren a su alrededor! Han vivido ustedes tanto tiempo en la esclavitud que los sentidos se les han embotados y el alma se les ha quedado yerta; pero, aunque sólo sea una vez en su vida, cobren ustedes conciencia del mundo en que existen; arránquenle los harapos de sus costumbres y convencionalismos y contémplenlo tal cual es, en
su desnudez repugnante. ¡Cobren conciencia de él, cóbrenla!”

(Texto leido por Andrés Ruiz en la presentación y regalo de "La jungla" durante la 16 Feria Internacional del Libro del Zócalo)

1 comentario:

  1. Tengo ese libro, escríbeme a correosvarios@hotmail.cl y te lo envío. Es ridículo preocuparse por derechos de autor, fue publicado en 1905

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